El tiempo nos envuelve y todo vuelve como dice Fito. Es una constrictora que un día nos embosca y aprieta. El tiempo es la pitón de la vida.


Silencios largos e inimaginablemente opresivos. En un teléfono como un tercero incomodo. Inerte.


Tanto pensar, tanto escribir, tanto hablar, a veces nos entume al momento de accionar. Pero no fue este el caso.

Primero, es necesario reconocer el momento, y convencerse que es imposible dejarlo pasar de largo. Que si no reaccionas tú quizás alguien más deba hacerlo. Alguien sin el temple, la frialdad ni la fortaleza para responder adecuadamente. Alguien que intentando actuar con los mejores intereses, solo ocasione más daño del que tú mismo puedes provocar y que no tenga la falta de conciencia suficiente para soportarlo.

Una vez tomada la decisión, lo más importante es no perder la calma, pensar las posibilidades, las variables, las reacciones, las consecuencias y entender que posiblemente solo se este intentando evitar el fuego, no armándose de extintores, sino golpeando al pirómano hasta noquearlo, el que siempre puede despertarse luego y devolverte el golpe, mientras incinera las ropas que traes puestas. No se debe apartar jamás esta imagen de la cabeza y mantener presente que es muy probable que suceda, y si esta llega, entonces estar preparado para enfrentarla.

Hay que actuar sin motivo, sin coartada, sin dejar rastro. Organizar todo para que la maldad realizada otorgue amablemente su autoría a otros y te convierta en el imposible sospechoso. Pero sobre todo hay que actuar sin remordimiento alguno. Hasta aquí bastante sencillo, y sin embargo es extraño el reconocer, que a veces hay que accionar, ayudándose de todo el mal aprendido, para trazar un plan que te permita aplicarlo de la mejor forma; buscando realizar una buena acción.

Hacer daño para provocar bienestar, y evitar así, un mal mucho mayor al mismo que se ejecuta. Suena tan contradictorio e irreal,  que hasta no enfrentar tal situación no creería que pudiera ser posible tomar tan irónica decisión. Y aunque quizás crean que intento justificarme, tranquilamente puedo decir que no lo siento de tal forma. Pero al igual que yo, ustedes son libres de pensar, sentir y creer lo que quieran.

Hecho está… lo primordial ahora es que, una vez despierte el pirómano, este no se entere de quien le ha golpeado y que no tenga cerca de él, algún objeto inflamable  que realmente me importe, o seremos dos quienes empecemos a quemar cosas.


Barthelemy Phoenix

Vuelve un amor
desde el humo del anterior

No estoy enamorado
Solo tengo un nuevo amor

Este nuevo amor
como es de esperarse
es sombrío
Es un amor negro
Un amor lavado por lágrimas incendiarias que no curan

Tengo un amor renovado y
ando buscando a una…
hmmm ¿Cómo decirlo?…

Busco a mi primera víctima!

Esta nueva perspectiva
me hace más prudente
Menos romántico esta vez
pero
algo se va a perder siempre



Kutiman-Thru-you

Puras mezclas de videos. Me gustó mucho.

Y el tipo tiene un montón así.


Hoy es el día que no debería haber pasado,
de una manera casi invisible realizar el artificio
que permita saltar lo que toca sentir hoy mismo.

Hoy debería ser suprimido con todo su contenido
y los días consecuentes seguir igual sin percatarse de
su ausencia pero con algo de “jet lag”.

Escogería iniciar todo desde el comienzo con la condición
de desaparecer todas las telarañas de las esquinas…
pero preferiría timar el tiempo.


San Andrés de Cuerquia AntioquiaEn un valle, todo va hacia el río, en Cuerquia el lado derecho se niega un poco: Ahí está el pueblo.

Cuerquia son sus sonidos, sus olores y los recuerdos que traen pegados. Todo nostalgia. Ahora nostalgia. Porque antes era el mundo entero. Hace casi 20 años era El Mundo. Todo lo que había sin pensarlo. Cuerquia fue todo mi mundo y no lo notaba. Ahora que vuelvo, lo noto.

Ese hondo valle fue mi todo sin saberlo porque en ese entonces mi vida consciente eran los juegos. Las cristales y el mejor método para afinar la puntería. Ir a nadar al río sin que lo supiera mi mamá en el almuerzo. El trompo, lanzarlo para que se quedara en un solo punto y durara más que los otros. Tablas untadas de esperma para bajar sentado en ellas. Caucheras. Ganzueras. Cerbatanas de tubo de antena de TV. Cometas. Avioncitos de papel. Un balón…  Todos los días un balón
Todo valía. Los billetes eran envolturas de cigarillos, cada una un valor en la misma escala que los cigarrillos. President y Derby eran los más populares. Los billetes sostenían mi colchón y yo dormía feliz.
Peleabamos a pedradas contra los de el Matadero o contra los de el Recreo y el sábado jugabamos fútbol juntos.

Y ese partido me lo traen los olores a pantano y pasto mojado de un rincón de la Cancha. Aún existe el President: un tabaco barato que se siente arriba en el medio de la nariz. El vientecillo cálido de los dos niños descalzos que quieren quedar en todas mis fotos.  El cuero húmedo de un balón gastado hasta el último peso. El río al fondo siempre

Vuelvo y lo encuentro. Hoy, pero igual. No-tiempo. Puedo hablarle y no lo hago. Tiempo muerto. Tengo 13, hace rato tenía 31. Retro-tiempo.

El pueblo (los  juegos) está donde lo dejé y me esperará otra vez.


A Juan José Arango [A.K.A] Razor [A.K.A] Striga.

Me fue otorgado un deseo; cualquier cosa que yo quisiera y escogí hablar una vez más con él.

Aparecí en un templo antiguo cuyas paredes eran gigantescos árboles petrificados que se contorneaban y se entrelazaban entre sí como abrazándose o como si bailaran una macabra y retorcida danza; y en ellos, imágenes de rostros sobresaliendo de sus troncos como si fueran presos de alguna maldición; algunos parecían sufrir un dolor intenso y lucían como si pidieran ayuda, otros simplemente aparecían impávidos ante su encarcelamiento, aceptando una eternidad desventurada. Este templo era un salón colosal sin ventanales, sin habitaciones, sin una forma concreta, con velones gigantescos a cada lado y su suelo era muy irregular, imagino que debido a las raíces de los árboles.

A mi lado aterrizó un gran búho, de unos dos metros y medio de altura, de mirada siniestra, y en sus alas, lo que parecían ser garras eran realmente manos. Así, no era completamente un búho, pero sí en su mayoría. Este ser que hacía la vez de guardia -como aquel que va escoltando a quien visita a un preso-, me señaló hacia un lugar dentro del templo del que no me había percatado: Una roca tallada en forma de bloque que parecía ser un altar de sacrificios, y detrás, un monolito de un bubo bubo de seis metros de altura, suspendido en el aire y en posición de ataque, dirigiendo su mirada -aún más amenazante y funesta que la de mi escolta- hacia el altar. Caminamos hacia ello, y al llegar, nos detuvimos.

Acostado en el altar se encontraba aquel con quien deseé hablar de nuevo, con los ojos abiertos y mirando hacia la nada, como solía estar normalmente. Me miró por un momento sin pronunciar sílaba, y dirigió de nuevo su mirada hacia ese infinito que parecía absorberlo. No fui capaz de decir nada por un largo rato; esperaba que él lo hiciera, que me explicara la razón de su acto, pero no sucedió.

Finalmente le hablé.

- ¿Por qué? 

- ¿Para qué saberlo? -me preguntó, sin dejar de mirar hacia un cielo inexistente

- Porque no encuentro una razón para que sucediera

Volvió a mirarme, inexpresivo. Sus ojos lucían secos, sus iris tenían un color opaco que evitaban cualquier reflejo y sus retinas se encontraban completamente dilatadas.

- Tal vez tus razones no sean las mismas razones que yo tuve -dijo, volteando de nuevo su cara 

- Eso te lo otorgo, pero aún así no he obtenido respuesta. ¿Cuáles fueron, entonces?

- ¿Qué importa?, ya pasó; el descubrirlas en este instante no va a cambiar la situación, ¿cierto?

- Y si hubiera preguntado antes o hubiera estado antes, ¿Podría ser todo diferente? ¿Hubiera podido evitarlo?

No obtuve respuesta.

Me sentí impotente ante la situación, sin una salida, absorto, intentando resolver un problema que no tenía solución, intentando comprender un hecho que ya era irreversible y que había sido tatuado en mi corazón, llevándose un fragmento de mi alma en el proceso. Me di cuenta de que toda la conversación fue un intento desesperado de mi mente por tratar de responder preguntas que nunca serían contestadas.  Me alejé con mi escolta, y luego de caminar diez metros volví mis ojos hacia el altar; había desaparecido junto con el vampiro que posaba su mirada en mi camarada, sediento por su alma y con deseos de convertirlo en uno de sus prisioneros. En ese momento supe que no volvería a verlo ya más, y que no tuve la oportunidad de despedirme.

Aún recuerdo la vez que lo conocí en una tarde de domingo bajo el sol inclemente del verano; llegó a donde nosotros estábamos con la mirada indiferente hacia el mundo que lo caracterizaba, nos saludamos y conversamos el resto de la jornada mientras él intentaba deshacerse de un guayabo pero no lo logró. Al contarme fragmentos de su vida, es como si estuviera yo recordando los últimos años de mi mocedad. Lo estimé más por ello.

Él tomó su decisión y logró deshacerse de su agonía; obtuvo paz a su manera.

Sé que no lo volveré a ver.


Errante, con los ojos cegados por el ondulante horizonte que el desértico calor corrompe, apretando el corazón deseoso de que aquel oasis jamás se desborde, ante el agonizante espejismo, que temeroso se arrastra, de nunca poder alcanzarle.

Solo importa el siguiente paso, mientras la arena devora las huellas y no perdona la indiferencia de quien ha perdido dirección, de quien el cielo toma como sur y no encuentra norte en ninguna idea, mientras se abraza a la pasajera ilusión de un placer casi insípido que todo lo corrompe y que nada regenera.

Y se continúa divagando, disfrutando, mientras en la ignorancia se es traicionado, abonando al desprecio y la incomprensión de lo que no se quiere ser y no se puede ser, pues las palabras de afecto se reprimen ante el temor de quizás perder lo que por verdad justo queremos entrever.

A veces solo anhelamos un aliento unas palabras suaves, de quien pensamos nos entiende. A veces un simple deseo, una amable sonrisa, una abrazo, una caricia. Un momento que aplaque las dudas, que no se opaque pensando en consecuencias. Pero una vez más, quizás no todos merezcamos este sencillo gesto, sin antes pagar lo que aunque ignoramos nos ha sido impuesto.

¿Por qué no puede ser siempre un placer, el ser completamente sincero?